24 de agosto de 2016: Así viví el día que se firmó el Acuerdo de Paz con las FARC

Regresé de vacaciones con la sensación de que el tiempo pasa y no pasa nada. Había dejado un borrador de comunicado listo, ante los rumores de que la firma del Acuerdo de Paz con las FARC  sería o el 23 de Julio o el 7 de agosto. Las dos fechas pasaron y nada pasó.

El pasado miércoles  a las 6.00 am mi jefe escribió diciéndome que el proceso de paz con las FARC se firmaba al día siguiente. En ese instante tuve la sensación de que esta vez era la fecha. Así había sido con el pronunciamiento y la firma del Acuerdo al Cese al Fuego: el día anterior empezaron los rumores, el Presidente Santos viajó a La Habana y todo se consumó al día siguiente. Salté de la cama, puse la radio y empezó a rondar la ansiedad de que todo estaba hecho, que no había vuelta atrás. Empecé a intercambiar mensajes con colegas, unos decían que era ese mismo día, otros que aún no era claro, la radio hablaba de pronunciamientos por los negociadores a las 3.00 pm, después a las 7.00 pm, no había certeza si el pronunciamiento y la firma serían al tiempo o por separado.

Me dediqué a redactar un comunicado de prensa y a asistir a un par de reuniones de trabajo, donde se especulaba sobre la firma sin mucha mística, sin mucho interés y sin mucha trascendencia. Luego de la jornada laboral, emprendí el camino hacia la iglesia, a la cual asisto los miércoles. Al llegar a la iglesia, observé la gente que entraba y se acomodaba y no parecía  tener la sensación de que nada diferente pasaría. Y así fue, nada diferente pasó, solo que - probablemente sin saberlo o sabiéndolo- el Pastor predicó de una muy bonita manera sobre el mandamiento de amor incondicional que nos debemos los unos a otros, sobre la manera en la cual debemos perdonarnos y no juzgarnos y, ante todo, amarnos ante la diferencia. Salí de allí con la fuerza espiritual que una palabra así y un día histórico como ese podía dar.

Esa noche debía ir al encuentro con una amiga mexicana- educadora para la paz- que llegaba de visita a Bogotá. Una vez salí a su encuentro lo único que hice fue correr para lograr llegar a ver el pronunciamiento. Llegué al encuentro de mi amiga quien ofreció su casa para ver el evento. Amigos y colegas habían escrito convocándonos para ir a un parque  a ver el anunció en pantalla gigante, con el mismo grupo de siempre – los sindicatos, las organizaciones sociales y los partidos de izquierda- porque en esta ciudad parece que a nadie más le interesan estos temas.

Llegamos a escuchar a Humberto de la Calle y  luego a Iván Márquez, los dos principales negociadores del gobierno y las FARC, respectivamente. Al escuchar frases como “este fue el mejor acuerdo posible”, “unamos nuestras manos y nuestras voces para un NO MAS”, “comienza el debate de las ideas” y “la fuerza democrática es la única opción para hacer política”, no pude contener las lágrimas de pura emoción, de la incertidumbre y de la certeza de vivir un momento en el cual la historia de Colombia se dividía en dos. Al salir a la calle, tal como al entrar, no había pasado nada. Nadie decía nada, parecía una noche cualquiera, no una noche donde hubiese cambiado la historia de Colombia. Mi madre me llamó emocionada al decirme que estaba frente al televisor pidiéndole a Dios que nos trajera la paz y que todo este esfuerzo valiera la pena. Al oírme llorar solo me dijo hija  “no llores, esto nos traerá es más tranquilidad ¿cierto?”. No pude responderle nada, tenía sentimientos encontrados.

A pesar de ello, intercambié mensajes con personas del mundo entero que acompañaban a Colombia en la distancia, me rodee de alegría y fuerzas para lo que se viene y con mis amigas decidimos que era un momento histórico que debíamos celebrar y así fue: nos fuimos a cenar,  a analizar ideas de cómo trabajar en lograr el sí al plebiscito y finalmente brindamos por la paz de Colombia.